A Raúl ayer le regalé una palabra. Era casi la misma que le regalé a Jose la semana pasada, con la misma fuerza, pero no exactamente igual.
Cuando le dije que la memorizara, que la grabara a fuego en su alma para que no se le olvidara el resto de su vida, empezó a escribirla una y otra vez.
Estábamos chateando por Skype. Él está muy lejos. Tiene miedo. Tiene mucho miedo.
Conecté con su esencia, con la persona que realmente es, y me salió regalársela como quien encuentra un tesoro.
Y entonces sucedió. Sucedió el milagro...
Conecté tanto con Raúl y con esa palabra, y llegó a tener tanta fuerza que se me saltaron las lágrimas delante de la pantalla.
Se la repetía una y otra vez, para que la interiorizara, para que la hiciera suya. Se la repetía y se la repetía, y yo seguía llorando como una tonta.
Y sucedió que, cuanto más la repetía él, y hasta la gritaba, más fuerza desprendía.
Confía -le decía. "Confía, confía, confía..."
Y él: "confía, confía, confía..."
Hasta que empezo a decir: "Confío, confío, confío"
Y terminó confesando que a él también se le saltaron las lágrimas delante de su pantalla, gritándola.
Me dio las gracias. Me prometió que nunca la olvidaría.
Y yo pensé que quizá nos habíamos conocido solamente para que yo le hiciera ese regalo.
Cuando le dije que la memorizara, que la grabara a fuego en su alma para que no se le olvidara el resto de su vida, empezó a escribirla una y otra vez.
Estábamos chateando por Skype. Él está muy lejos. Tiene miedo. Tiene mucho miedo.
Conecté con su esencia, con la persona que realmente es, y me salió regalársela como quien encuentra un tesoro.
Y entonces sucedió. Sucedió el milagro...
Conecté tanto con Raúl y con esa palabra, y llegó a tener tanta fuerza que se me saltaron las lágrimas delante de la pantalla.
Se la repetía una y otra vez, para que la interiorizara, para que la hiciera suya. Se la repetía y se la repetía, y yo seguía llorando como una tonta.
Y sucedió que, cuanto más la repetía él, y hasta la gritaba, más fuerza desprendía.
Confía -le decía. "Confía, confía, confía..."
Y él: "confía, confía, confía..."
Hasta que empezo a decir: "Confío, confío, confío"
Y terminó confesando que a él también se le saltaron las lágrimas delante de su pantalla, gritándola.
Me dio las gracias. Me prometió que nunca la olvidaría.
Y yo pensé que quizá nos habíamos conocido solamente para que yo le hiciera ese regalo.